Victor Moreno
Ya no es necesario recurrir a la técnica del esperpento de Valle Inclán para dar cuenta de lo que ocurre. Los hechos vienen a nuestro encuentro sin necesidad de solicitarlos. Lo hacen de forma tan grotesca que solo nos queda actuar como los tomógrafos, pero con material palabrático. Escribir para cortar la realidad en pedacitos y comprobar si en su interior se registra vida inteligente o, por el contrario, rasgos de una imbecilidad cada vez más inquietantes.
Acerca de lo Público
Uno de los escenarios más conflictivos de nuestra sociedad son las relaciones que se establecen entre lo público y lo privado, que es, a fin de cuentas, una reproducción a nivel institucional entre lo individual y lo colectivo.
Una manifestación de esta tensión entre ambas facetas es la que se origina a la hora de elegir el tipo de enseñanza, si pública o privada, que la familia decide para su parentela. Y que, en ocasiones, es reflejo de la confrontación que se da en las formaciones políticas. Las izquierdas han sido tradicionalmente defensoras de lo público, mientras que las derechas lo han sido de lo privado. De ahí su tendencia respectiva a invertir los presupuestos generales en esos ámbitos. La derecha a la privada; la izquierda, a lo público. Aunque, obviamente, con muchos matices, pero ya se sabe que estos los fabrica el diablo o ciertos concordatos entre Roma y Madrid.
Si fuera por parte de ciertas izquierdas, serían públicos todos los servicios, es decir, cosa del Estado: luz, agua, gas, enseñanza, sanidad, etcétera. Y si fuera por las derechas se privatizaría hasta el aire que respiramos. Con matices, vuelvo a decir.
Como quiera que ambas vertientes son el haz y el envés, la cara y cruz, de una realidad con la que convivimos de la mejor manera posible -otros dirán que lo hacemos de la peor manera de las posibles, porque siempre salen ganando los ricos-, recordaré de qué forma ciertas izquierdas por su comportamiento contribuyen al afianzamiento de lo privado en detrimento de lo público.
Me refiero a la elección de la enseñanza que la familia elige para sus retoños. Las familias suelen considerar sagrado el derecho a elegir para sus hijos dicha enseñanza. Un derecho indiscutible. Ya se sabe que de sagrado no tiene nada esa decisión, sino que está determinada por el poder adquisitivo que la familia tenga y, por supuesto, por un componente ideológico referente al imaginario que se ha creado en torno a lo que piensan que es una enseñanza privada y pública. No hay que olvidar que los medios de comunicación, como buenos liberales que son, alaban más las virtudes de la privada que la pública.
En cualquier caso, se trata de un derecho cuyo ejercicio genera enormes contradicciones. Hay familias socialistas que, por ejemplo, siendo profesores en todos los niveles educativos, desde primaria hasta la docencia universitaria, en el sector público, escolarizan a su parentela en colegios y universidades privadas.
Y esto ocurre entre padres, cuyo ideario es socialista, que votan socialista y que también, son concejales, presidentes de gobierno -el actual tiene una hija escolarizada en una universidad privada inglesa-, y alcaldes, parlamentarios y ministros socialistas, que actúan de idéntica manera.
No seré yo quien afee dicha conducta. Me limito a señalar la contradicción en la que incurren y la influencia negativa que ejercen al poner por delante el sistema privado de educación al sistema público, del que su partido es el mayor garante y defensor (al menos de boquilla).
Los motivos de escolarizar a los hijos en la privada por parte de socialistas de renombre no los cuestiono, pero deben aceptar que su actuación da a entender que la enseñanza privada es mejor que la pública; algunos añaden que, incluso, menos peligrosa, induciendo a pensar que la pública con la llegada de los emigrantes la ha puesto patas arriba. Si no, ¿qué sentido tendría hablar y comportarse a como lo hacen?
La actitud de presidentes de gobierno, alcaldes, jueces, ministros, políticos y figuras de renombre, declarados socialistas, que escolarizan a sus hijos en la red privada están haciendo un flaco favor a lo público. Lo que hacen es dar un golpe bajo a la enseñanza pública. Seguro que actúan por el bien de sus hijos, pero, de rebote, lo hacen contra el resto de quienes defienden lo público, de pensamiento y de obra.
Insisto en que cada cual es esclavo de su economía e ideología de llevar a sus hijos a estudiar donde deseen, pero quienes son defensores de lo público que no vengan después con la milonga de que la educación y la sanidad están hechas una mierda por culpa de las derechas.
Es verdad que hoy día tanto de la escuela pública como de la privada salen personas no diré con una ideología de izquierdas, pero sí con un pensamiento crítico y democrático, y todo lo contrario. Al fin y al cabo, el sistema educativo cada vez cuenta menos a la hora de decidir el pensamiento individual. En esto la sociedad da sopas con sapos a la escuela, instituto y universidad, sean estas de un color turquesa o de topacio. Hoy día, la ideología está en el consumo y no en Sócrates, ni en Marx.
Pero cabe apuntar que, mientras no se demuestre lo contrario, la enseñanza privada, especialmente la dirigida por las órdenes religiosas, es el gran bastión ideológico de este país. Si a este mantenimiento no contribuyen esas izquierdas aludidas que llevan a sus pipiolos a dichos colegios, será un milagro y no divino, precisamente.
Lo que significa que están manteniendo un negocio, al que el Estado contribuye con sustanciosas ayudas. Es la pescadilla sempiterna que se muerde la cola como Sísifo, condenado por los dioses a transportar una roca hasta la cima de una montaña, desde la cual dicho pedrusco volvía a caer por su propio peso a la ladera, y a la mañana siguiente tenía que volver a subirla. Lo que tendría que dejar al pobre hombre exhausto perdido. Pue eso. Así estamos quienes una y otra vez hemos venido señalando la contradicción en que caen los políticos socialistas escolarizando a la parentela en la red privada de la enseñanza. Repitiendo la misma serenata sin que la partitura tenga visos de que sea interpretada por los interesados. Mucho cansancio.