Alberto López

Retazos de Barañain, historia de un pasado reciente. Serie de relatos basados en recuerdos de su autor Alberto López Iborra

2020-03-30

La montañesa de las 22:30

Si hablamos de la Cotup o de la Montañesa, quizás muchas de las personas lectoras de Plazaberri, no conozcan de que hablo. Hasta 1999, lo que hoy conocemos únicamente como las villavesas gestionadas por la Mancomunidad para todo Iruñerria, eran dos empresas diferentes.

La Cooperativa de Transportes Urbanos de Pamplona (Cotup), una empresa de economia social de 200 socios, tenía el monopolio del transporte por las calles de Iruñea. El Ayuntamiento pamplonés soportaba anualmente su millonario déficit con partidas específicas consignadas en sus presupuestos. Por su parte, la sociedad anónima laboral Autobuses La Montañesa, con 50 socios y 30 empleados, gestionaba todas las líneas de transporte comarcal que comunicaban Iruñea con las localidades de la comarca.

Para entendernos, a Barañain venía la Montañesa. En el límite, se podía coger la Cotup, para hacer por ejemplo la línea 7. La Montañesa era verde oscura y la Cotup, verde clara.

Eran autobuses con unos asientos recios de madera. Cuando pulsabas el botón para bajarte en tu parada, no se encendía la pantalla de “Parada solicitada-Geldialdi eskatuta”, sino una austera bombilla. El billete era un pequeño trozo de papel y existía la figura del revisor. Normalmente a mitad de trayecto y por sorpresa, el revisor subía al autobús y solicitaba de manera aleatoria el billete a los pasajeros.

Estampas de San Fermin o de la Virgen de Jerusalen...sería el chofer de Artajona, solían decorar la cabina del volante. Más o menos venían a decirte que te podías encomendar al altísimo una vez que iniciabas el viaje. La palanca de las marchas era casi del tamaño de una escoba y el volante parecía el timón de un crucero. La Cotup introdujo el BonoBus, pero la Montañesa siguió muchos años con el pago en dinero y las tiricas de papel.

La parte trasera, era un vacío semicircular sin asientos, parecido a una minipista de discoteca, donde una barra servía de agarradera alrededor de los cristales. Normalmente, este era el espacio para la juventud, que muchas veces se sentaba en el suelo.

Pues bien, los Viernes y los Sabados, la última Montañesa nocturna para volver a Barañain era a las 22:30 horas. Las juergas en los bares del Casco Viejo para la juventud empezaban a las seis de la tarde. Estamos hablando de finales de la década de los 80 y principios de los 90 del siglo pasado.

La parada del hotel Tres reyes, concentraba a multitud de jovenes, que salían corriendo a las 22:20 horas de los bares, con el último trago en la mano y en un estado más que animado. Las escenas para entrar en la Villavesa eran indescriptibles...ni aforo ni leches. El chofer bastante tenía con llevar el autobus hasta Barañain. Dentro de la Villavesa, se fumaba, se cantaba, se gritaba, avalanchas de lado a lado y siempre alguien vomitaba.

La antigua carretera que unía el límite de Barañain con la Rotonda de Santa Luisa, bordeaba la trasera de Tilos y el patio del colegio. Entonces no existía Rafael Alberti. La parada de bajada, al borde de un campo con un pequeño terraplen, era deporte de riesgo. Se abrian las puertas y la Villavesa expulsaba decenas de jovenes que en muchos casos caian por el terraplen.

No me olvido de aquellos y aquellas que al no caber en la Villavesa en la parada del Hotel Tres Reyes, tenían que volver andando, atravesando una Mendebaldea en construcción con decenas de edificios en obras.

En cualquier caso, cuando entrabas en casa, lo justo saludabas desde el pasillo a tus aitas que veian Informe Semanal en la televisión. Enfilabas directo a tu cuarto, no iría a ser que te obligarian a entablar una conversación en la que no podías juntar tres palabras seguidas. Con un poco de suerte, la habitación no daba vueltas y no tenías que visitar el baño.

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